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viernes, 25 de mayo de 2018

Aniversario, un poema de Carlos Iglesias


ANIVERSARIO

La realidad es un destello azul,
apagando mi vela,
donde solo la Luna y tu recuerdo
cumplen años
desde siempre.

Carlos Iglesias, Pájaro herido, Bajamar editores, Gijón, 2018.

domingo, 21 de octubre de 2012

¡Qué inutilidad!

Esto es lo que le digo a mi sobrino cuando intenta hacer algo sencillo y no lo consigue: ¡qué inutilidad! Pues bien, hoy me lo tengo que decir a mí mismo. Empeño la mañana en corregir las pruebas de imprenta del primer (y esperado) libro de Carlos Iglesias, El niño de arena, que saldrá en la colección Deva del Ateneo Obrero de Gijón. Después de más diez años de amistad  compartiendo charlas y versos en cafés y revistas, y ver, de primera mano, como se va gestando este libro, no puedo negarme (es más bien una satisfacción) en echar una mano a mi amigo en la sinuosa y tediosa labor de corrección de pruebas. Más de una hora de lectura y no consigo ver ni una miserable errata; o la edición está perfecta o mi vista es una calamidad. Me temo que no he podido ayudar en el favor que me pidió Carlos, aunque él me haya hecho disfrutar esta mañana de domingo como ninguna otra.




lunes, 6 de febrero de 2012

Rodrigo Olay en los Encuentros Poéticos del Antiguo Instituto


Este viernes, 10 de febrero,  a las 20:00 horas, en el Antiguo Instituto de Gijón, las asociaciones culturales "Encadenados" y "Versos libres" organizan un recital de poesía, como viene siendo habitual una vez al mes. En esta ocasión, el poeta invitado será Rodrigo Olay, autor de Cerrar los ojos para verte (Universos, 2011), con un acompañamiento musical a cargo de Dani García de la Cuesta. El acto será presentado por Javier Almuzara.
Para los que todavía no conocen la poesía de Rodrigo Olay (serán pocos), les dejo con las palabras de Carlos Iglesias acerca de Cerrar los ojos para verte



Palabras para un libro:
Rodrigo Olay, Cerrar los ojos para verte, Universos, Mieres, 2011, Premio «Asturias Joven» de Poesía 2010.
[Texto leído en la presentación del libro, la tarde del 17-VI-2011, en la librería gijonesa La Buena Letra]

            Quien se asome por primera vez a la ventana que Rodrigo Olay nos abre en este su primer libro, descubrirá a un autor que nos habla desde el presente con la mirada puesta en un pasado de resonancias múltiples.
            Si todo libro de poemas se asemeja a una casa, como quiso Luis Rosales, no cabe duda de que las cuatro habitaciones, o secciones, que conforman Cerrar los ojos para verte están bien encendidas. En cada una de ellas se adensan los ecos de diferentes voces y tradiciones poéticas, empezando por la lírica grecolatina de Catulo u Horacio, retomada posteriormente por Berceo o Fray Luis (también presentes aquí), y concluyendo, muchos siglos más tarde, con los poetas de la generación del cincuenta, encabezada por Jaime Gil de Biedma, y con la poesía española de las décadas de los ochenta y los noventa, representada por autores como Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca, Víctor Botas, Carlos Marzal, Aurora Luque, o Juan Antonio González Iglesias. Asimismo, a estas páginas se asoman Garcilaso (y su visión del amor como una batalla cotidiana, tal y como se aprecia en los “Tres haikus de un trovador” ―p. 34― o en “El duelo” ―p. 30―), San Juan de la Cruz (en poemas como “Por la secreta escala” ―p. 36―, donde el amor se percibe casi como un camino de perfección), Antonio Machado (en unos versos que recrean, con conmovedora exactitud, los últimos días del poeta sevillano ―p. 61―), Jorge Guillén (en pequeños poemas que son como destellos de serenidad meditativa; así sucede, por ejemplo, con el que da pie a la hermosa portada del libro: “Mise en scène” ―p. 22―), Fernando Pessoa (mediante el heterónimo Roderick O´Lay, que nos descubre ‘el mapa del tesoro’ en la parte final del libro), e incluso el anónimo autor de la Biblia (en un poema, “Operación triunfo” ―pp. 69-70―, que deparará sorpresas a más de un lector). Y todo ello sin olvidar la invocación constante a la ceguera sabia de Borges. Porque Cerrar los ojos para verte también tiene una cualidad de laberinto borgiano. Rodrigo Olay ejerce en él una doble función: por un lado, es el guía cómplice que nos toma de la mano y nos conduce por los escurridizos corredores de la tradición poética; por otro, se erige en demiurgo capaz de convocar y manejar todas las presencias ausentes que conviven en estas páginas.
            Pero nadie piense que nos hallamos ante un catálogo de citas, o ante un mero ejercicio mimético: no. Rodrigo Olay no utiliza las influencias ajenas para enmascarar su voz; antes al contrario, se sirve de ellas para devolvernos su propia voz amplificada, matizada y filtrada por todas las lecturas que ha venido realizando a lo largo de seis años, que son los que ha tardado en ultimar y en dar forma definitiva al libro que hoy presentamos.


            Es la suya una voz poética que, a través de los distintos ecos que la nutren y la habitan, nos habla de los temas eternos, a saber: la evocación agridulce de una infancia que nunca acaba de extinguirse (como en “Huellas en la arena” ―p. 13― o en “Constantes vitales” ―p. 14―); los primeros tanteos amorosos de la adolescencia, unidos al descubrimiento del viaje en su doble sentido, físico y literario; el fulgor súbito del mundo, vislumbrado en cualquier calle de una ciudad mágica, como Venecia o Estambul; la consolidación del amor, que combina en igual manera plenitud e incertidumbre (ambas laten en “La metamorfosis” ―p. 32―, o en los versos estremecidos de la inolvidable “Canción de aniversario” ―pp. 43-44―); la presencia de la muerte como un tributo necesario que hay que pagar por el simple hecho de estar y de sentirse vivo. Tampoco se olvida ni de incluir bromas posmodernas, como esa inapagable parodia de la literatura universitaria que sirve de inesperado cierre al libro, ni de guiños generacionales (“American Dream” ―p. 31―) a veces directamente ‘frikis’ (“El manco” ―p. 68― es una buena prueba de ello).
            Cerrar los ojos para verte es, como estamos viendo, un libro caleidoscópico, pues cada vez que lo abrimos nos ofrece una imagen igual y a la vez distinta de sí mismo, dándonos un nuevo motivo para la alegría, la revelación o el asombro (el mismo asombro intacto que destilan los “Cantares” ―pp. 39-42―, canciones mínimas que se ajustan como un guante al júbilo de cada nuevo día, o esos haikus que nos permiten atisbar toda la belleza del mundo por el ojo de una cerradura ―pp. 22-23―).
            Por todo lo que venimos diciendo, creemos que este libro no sólo se parece, como todo buen libro, a un hogar confortable: también constituye una pequeña revelación que intenta, a su manera (como el pájaro que cantó Leonard Cohen), ser libre. Habrá, pues, que mantener los ojos bien abiertos para seguir viendo, y leyendo, a Rodrigo Olay.

Carlos Iglesias Díez
Junio de 2011

lunes, 26 de julio de 2010

Por casualidad


Después de una mañana de compras por Gijón, acompaño a Carlos Iglesias a la biblioteca del Centro Municipal La Arena. Allí, por casualidad, en la sección de poesía (por cierto, muy buena), encuentro un ejemplar de Fábula de fuentes; una antología en la que participamos junto con Vicente García, Silvia Ugidos, Catarina Valdés, José Ángel Gayol y Néstor Villazón. Me quedo asombrado de ver mis versos en unos anaqueles ajenos a los míos. Por otra parte, me avergüenza que mis versos primerizos -y, como tales, más bien poco afortunados- estén al alcance de cualquiera. Me doy cuenta de lo mucho que he mejorado. También noto algo extraño en la selección de Carlos: echo en falta -posiblemente- uno de sus mejores poemas:

ECHARTE DE MENOS


(Para R***)

Echarte de menos no es algo que pueda definirse.
Pueden ser las manos invisibles de un minuto,
reteniendo tu olor y tu forma de caminar conmigo.
Pueden ser las horas de un domingo, deslizándose
hacia el lunes como culebras impacientes,
o esa conversación que muere sin haber nacido
cuando entro en un taxi.
Puede ser el silencio hostil al otro lado del teléfono,
o ese aire de campo de batalla que tiene esta ciudad
algunas veces.
Puede ser todo lo que no hay tras los puntos suspensivos
de mi vida, o esa nieve que cae cuando pestañeas.


sábado, 4 de julio de 2009

Cazador de autógrafos


Una colección de poemas bajo este título le sirvió a José Luis Piquero para ganar el Premio Asturias Joven de Poesía. Años más tarde, pasó a ser una sección del libro Monstruos perfectos, Renacimiento (1997). Pues bien, no me parece mejor calificativo para Carlos Iglesias. Los que no lo conozcan, Carlos Iglesias es un poeta con una encaminada trayectoria. Ha ganado el premio Voces del chamamé con el libro Virna o el silencio (2004), ha participado en las antologías Fábula de fuentes (2006) y Nombres propios (2007), además de colaborar en diversas revistas. Pero si se caracteriza por algo, además de ser una extraordinaria persona, es por poseer una de las mejores bibliotecas que conozco. Iglesias gusta de adornar sus ejemplares con la firma del autor. Esta pasión me la ha trasmitido a lo largo de nuestra estrecha amistad. Recuerdo anécdotas surrealistas como la de subirnos al escenario del teatro Filarmónica, en una grabación de "Las noches blancas" de Dragó (con el aforo completo y la gente perpleja al vernos subir a la tarima), para que Fernando Arrabal nos ilustrara varios de sus libros.

Ayer, en la lectura de Valdediós, Iglesias no se pudo resistir a la oportunidad de tener cerca a José Luis Piquero. Piquero, que no es propenso a participar en actos, se sorprendió con la retahíla de ejemplares que le llevó Carlos: algo que es habitual, ya que Carlos posee la habilidad de emocionar a cualquier autor, por muy veterano que sea.

Si los anaqueles de Carlos son valiosos, lo son aún más por las estampaciones que atesoran.