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lunes, 12 de marzo de 2012

El mayor logro de la humanidad

¿Fumar? Quizá sea el mayor logro de la humanidad; ápice último y verdadero del proceso de civilización. La caída en desgracia del tabaco es otra señal del fin de todo mundo conocido.
  Roger Wolfe en Siéntate y escribe.

Roger Wolfe, Siéntate y escribe, Barcelona, Huacanamo, 2011. 

domingo, 6 de junio de 2010

Una buena pareja

Una buena pareja es la que forman Diego Vasallo y Roger Wolfe.







Letra de Roger Wolfe.
Música, voz y litografías de Diego Vasallo.

Diego Vasallo y Roger Wolfe, La máquina del mundo, Dro Atlantic, 2006.

viernes, 11 de diciembre de 2009

El futuro

Ayer me levanté temprano para ir al banco. Revisé mi fondo de inversión, que sube más bien poco, y abrí una nueva libreta de ahorros. Después del papeleo y de computar un número de cifras que sigo sin entender, me acordé de unos versos de Roger Wolfe:

GLOSA A CELAYA

La poesía
es un arma
cargada de futuro.


Y el futuro
es del Banco
de Santander.

Me temo que tanto mi futuro como el del señor Wolfe están en las mismas manos.

viernes, 30 de octubre de 2009

Recomendaciones II

Ayer por la tarde un amigo mío, colega de versos, después de leer mi entrada "Recomendaciones" me envió un e-mail llamándome mentiroso. Decía que yo siempre ando recomendando los mismos autores: que si Wilde por aquí, Housman por acá, Eliot por allá. Que si me pongo pesado con Cereijo, lo mismo que con Martínez Mesanza y no menos con Wolfe, ... que si no callo la boca con el "triunvirato asturiano" de Almuzara, Fueyo y Piquero... y qué decir de los Panero: Juan Luis y Leopoldo (padre, claro), que parece que ya formo parte de la familia. En definitiva: que soy un pesado. Y es verdad, estos nombres son dignos de recomendar a cualquiera; siempre y cuando el cualquiera tenga un mínimo de gusto literario. Por ejemplo, si estos nombres se los citas a unos anónimos redactores de un blog de crítica literaria -de cuyo nombre no es que no quiera acordarme es que sencillamente no me acuerdo- que pulula por la red, seguro que son incapaces de ver la grandiosidad que hay tras los versos de estos insignes apellidos. Y es que, a veces, la mediocridad ciega, y mucho.

Esto me recuerda que hace años -creo que unos cinco- Sofía Castañón me pidió que recomendara tres libros en su programa "Señalados". Para ser políticamente correcto, recomendé un libro por género. Pic-nic, de Arrabal; Cuentos, de Oscar Wilde y Autopsia, de José Luis Piquero. A día de hoy, los seguiría recomendando; e incluso añadiría El fin de semana perdido -del que daré cuenta otro día-, en el que Piquero completa su magnífica Autopsia.

A continuación ofrezco, sin que valga de precedente, una lista de la que para mí es la mejor obra de los autores antes citados:



-Oscar Wilde, La importancia de llamarse Ernesto, trad. de Luis Antonio de Villena, Madrid, Visor,1995.
-A.E. Housman, A un joven atleta muerto, trad. de Juan Bonilla, Valencia, Pre-Textos, 1995.
-
T. S. Eliot, Cuatro cuartetos, trad. de José María Valverde, Madrid, Alianza, 1999.
-José Cereijo, Las trampas del tiempo, Madrid, Hiperión, 1999.
-Julio Martínez Mesanza, Europa, Sevilla, Renacimiento, 1986.
-Roger Wolfe, Días sin pan, Sevilla, Renacimiento, 2007.
-Javier Almuzara, Constantes vitales, Madrid, Visor, 2004.
-Pelayo fueyo, Parábola del desertor, Madrid, Hiperión, 1997.
-José Luis Piquero, Monstruos perfectos, Sevilla, Renacimiento, 1997.
-Leopoldo Panero, Escrito a cada instante, Granada, Comares, 2007.
-Juan Luis Panero, Juegos para aplazar la muerte, Sevilla, Renacimiento, 1984.


miércoles, 28 de octubre de 2009

Coincidencias

Tengo la costumbre de preguntar a un escritor, cuando lo conozco, por sus gustos literarios. Qué figuras le sirven de referente en su producción; cuales le han forjado como poeta; qué está leyendo últimamente... Una serie de interrogantes que me ayudan a descubrir al lector que todo escritor lleva dentro. Normalmente, por no decir siempre, la calidad de las lecturas están relacionadas con la calidad de su escritura; con lo cual no suelo sorprenderme con los gustos de mis colegas.

El otro día asistí a un recital de Roger Wolfe en el "Aula de las metáforas", en Grado. Allí el señor Wolfe llevaba consigo, además de varios de sus libros y manuscritos inéditos, la Poesía completa de T. S. Eliot; concretamente la versión de José María Valverde, de la cual leyó un poema. Me sorprendió, gratamente, ya que yo estaba leyendo ese mismo libro durante esos días. Coincido con Roger Wolfe -por supuesto, en el buen gusto como lector- en que la obra de un poeta no es sólo aquella que escribe, sino que comienza con los versos que la forjan.