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miércoles, 16 de mayo de 2012

VACÍO, de Ana Vega

Las pastillas sobre la mesa. El vaso junto a la botella de whisky. Un solo pensamiento en la cabeza. La última escena de una película, tras los títulos de crédito, dos palabras: THE END.



Ana Vega, Llanquihue, Madrid, Huerga y Fierro, 2012.

miércoles, 4 de agosto de 2010

De los derroteros de la palabra

El otro día Martín llevó a la tertulia un libro curioso: De los derroteros de la palabra, de Atilano Sevillano. Una buena colección de microrrelatos que enganchan al lector desde la primera página. En el momento que se pronunció en voz alta el nombre del autor, las miradas de los presentes se volvieron hacia mí (supongo por si guardamos algún parentesco). Desconozco si tenemos algún lazo lejano, pero, por lo visto en el retrato que acompaña a la solapa, tiene rasgos propios de la familia (que mejor omito); además tuve la oportunidad de ver su letra, en una carta (en la que el autor quería darse a conocer por nuestro grupo), y, curiosamente, es bastante parecida a la mía. Seguramente no estaremos emparentados, pero nos une un gusto literario: Kafka, Borges, E. Anderson Imbert, Cervantes, Cortázar, Monterroso... También en el uso de ciertos recursos: juegos de palabras,  la admiración por la mitología, una leve tendencia a lo epigramático y, sobre todo, el culto de lo breve. Y muchas otras cosas que forman parte de este  bello libro que, sin dudarlo, firmaría con mi nombre.

SCHEREZADE
Los cuentos tienen sus falsificaciones. De boca a boca nos ha llegado el rumor de que la joven, bella y astuta Scherezade no relató mil y un cuentos. Tras narrar doscientos ochenta, lamentó estar falta de inspiración, y sólo se le ocurrió un relato hiperbreve.

ATLAS
Cuentan que en alguna ocasión Atlas se tomaba vacaciones. Es por ello por lo que a veces sentimos el peso del mundo a nuestras espaldas.

LA PALABRA MÁS BELLA
Se cuenta que un viejo filólogo había consumido toda su existencia persiguiendo la palabra más bella del idioma. Había examinado una y otra vez los volúmenes de su vasta biblioteca. Allí estaban bien encuadernadas todas las palabras existentes y no había podido dar con la más bella. la causa de su fracaso, según unos, quizá se debiera a su gran visión calidoscópica que le impediría aislar una palabra de entre las demás y así separarla y medir su armonía y dulzura, según otros, a su miopía crónica.

LA EXPERIENCIA EN LA MÁXIMA
El tiempo aquel en que las palabras eran recién estrenadas, bastaba con irse de la lengua.

CONCURSO DE EPITAFIOS
Una prestigiosa revista nacional convoca su bianual Concurso de epitafios. A la hora de la entrega de tan disputado galardón, el autor del texto premiado no acude. El insigne y reputado jurado nunca le ha perdonado la descortesía de  que ni si quiera hubiera presentado sus excusas.

CUENTAN
Desde antiguo cuentan que si pisas una flor azul matarás toda tu inspiración. A mí me lo contaron un día en que lamentaba estar falto de ella.

FRASE HECHA
 No tengo tiempo ni para morirme, repetía insistentemente. Y, para no tener que desdecirse, fue muriéndose un poco cada día.
 

Atilano Sevillano, De los derroteros de la palabra, Salamanca, Celya, 2010.

domingo, 2 de mayo de 2010

TRANSPARENCIA, de José Cereijo

Cuando uno es joven, tiene frecuentemente sueños que no se parecen gran cosa a la existencia real, de la que son una especie de suplemento, de redención o de condena; en todo caso, una huida. A medida que pasan los años, sin embargo, esa capacidad de distanciarse se va perdiendo, y los sueños se acercan progresivamente a la realidad, de la que apenas les separa ya un velo cada vez más tenue. Quizás un día soñemos con lo mismo que nos rodea: la propia cama, la habitación, el primer sol que entra por los huecos de la persiana. Nos levantaremos una vez más, nos perderemos, como siempre, por los viejos pasillos de la casa. Alguien entonces llamará, ya inútilmente, al médico, o a la policía.




José Cereijo, Apariencias, Renacimiento, Sevilla, 2005.

viernes, 17 de julio de 2009

Rojo


Mientras esperaba a que se encendiera el semáforo, observaba a la chica de la acera de enfrente, que me miraba con ojos felinos. Al ponerse la luz verde, la chica se quedó inmóvil. Tal vez porque mi rostro estaba sonrojado.



publicado en Clarín, 65, (2006).