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jueves, 12 de agosto de 2010

Los juicios a Oscar Wilde



Hay escritores célebres (y no tan célebres) que pierden la compostura y su ingenio delante de un periodista, de un admirador o de algún otro cultivador de la palabra. Oscar Wilde mantenía su elocuencia, incluso, delante del fiscal que lo interrogó en los tres juicios sobre su persona de 1895. Dejo aquí una prueba irrefutable. 

Fiscal: -Quisiera llamarle la atención sobre el estilo de su correspondencia con Lord Alfred Douglas.
Oscar Wilde:-Estoy listo. Jamás me avergüenzo del estilo de mis escritos.
Fiscal:- ¿Cree que un hombre normal le dirigiría esas expresiones a otro más joven?
Oscar Wilde:- En mi opinión, y felizmente, yo no soy un hombre normal.



Oscar Wilde, El arte del ingenio, trad. de Beatriz Torreblanca, Madrid, Valdemar, 2009

viernes, 6 de agosto de 2010

De profundis


Resulta maravillosa la última edición de bolsillo del De profundis, que recientemente ha reeditado Siruela. Sencillamente conmovedora es esta extensa carta de Oscar Wilde dirigida desde la cárcel de Reading a su amante lord Alfred Douglas. Toda la pena, la vergüenza y el desamor del genial irlandés en unas páginas enternecedoras; muy distintas a las otras Cartas a lord Alfred Douglas (edición de Luis Antonio de Villena) editadas por Tusquets. De entre los muchos pasajes interesantes, en los que obsevamos el corazón desangelado del autor, me quedo con estos dos:

"Que todas mis cosas bonitas hubieran de venderse: mis dibujos de Burne-Jones; mis dibujos de Whistler; mi Monticelli; mis Simeon Solomons; mis porcelanas;mi biblioteca con su colección de volúmenes dedicados de casi todos los poetas de mi tiempo, de Hugo a Whitman, de Swinburne a Mallarmé, de Morris a Verlaine; con sus ediciones bellamente encuadernadas de las obras de mi padre y de mi madre [...] Si tu padre no hubiera podido pedirme las cosas, tú, lo sé perfectamente, al menos de palabra te habrías mostrado muy apenado por la pérdida de mi entera biblioteca, pérdida irreparable para un hombre de letras."

"... y tenías mucho interés en obtener mi permiso para publicar extractos y selecciones de... ¿qué cartas? ¡Las cartas que yo te había escrito desde Holloway! ¡Las cartas que para ti deberían haber sido lo más sagrado y lo más secreto del mundo entero! [...] Si en tu corazón no había nada que clamase contra un sacrilegio tan grosero, podías haberte acordado al menos del soneto que escribiera quien con tanta pena y desprecio vio vender en Londres, en pública subasta las cartas de John Keats, y haber entendido al cabo el auténtico sentido de mis versos:
I think they love not Art
Who break the crystal of a poet´s heart
That small and sickly eyes may glare or gloat."



Oscar Wilde, De profundis, Madrid, Siruela, 2010.

viernes, 30 de octubre de 2009

Recomendaciones II

Ayer por la tarde un amigo mío, colega de versos, después de leer mi entrada "Recomendaciones" me envió un e-mail llamándome mentiroso. Decía que yo siempre ando recomendando los mismos autores: que si Wilde por aquí, Housman por acá, Eliot por allá. Que si me pongo pesado con Cereijo, lo mismo que con Martínez Mesanza y no menos con Wolfe, ... que si no callo la boca con el "triunvirato asturiano" de Almuzara, Fueyo y Piquero... y qué decir de los Panero: Juan Luis y Leopoldo (padre, claro), que parece que ya formo parte de la familia. En definitiva: que soy un pesado. Y es verdad, estos nombres son dignos de recomendar a cualquiera; siempre y cuando el cualquiera tenga un mínimo de gusto literario. Por ejemplo, si estos nombres se los citas a unos anónimos redactores de un blog de crítica literaria -de cuyo nombre no es que no quiera acordarme es que sencillamente no me acuerdo- que pulula por la red, seguro que son incapaces de ver la grandiosidad que hay tras los versos de estos insignes apellidos. Y es que, a veces, la mediocridad ciega, y mucho.

Esto me recuerda que hace años -creo que unos cinco- Sofía Castañón me pidió que recomendara tres libros en su programa "Señalados". Para ser políticamente correcto, recomendé un libro por género. Pic-nic, de Arrabal; Cuentos, de Oscar Wilde y Autopsia, de José Luis Piquero. A día de hoy, los seguiría recomendando; e incluso añadiría El fin de semana perdido -del que daré cuenta otro día-, en el que Piquero completa su magnífica Autopsia.

A continuación ofrezco, sin que valga de precedente, una lista de la que para mí es la mejor obra de los autores antes citados:



-Oscar Wilde, La importancia de llamarse Ernesto, trad. de Luis Antonio de Villena, Madrid, Visor,1995.
-A.E. Housman, A un joven atleta muerto, trad. de Juan Bonilla, Valencia, Pre-Textos, 1995.
-
T. S. Eliot, Cuatro cuartetos, trad. de José María Valverde, Madrid, Alianza, 1999.
-José Cereijo, Las trampas del tiempo, Madrid, Hiperión, 1999.
-Julio Martínez Mesanza, Europa, Sevilla, Renacimiento, 1986.
-Roger Wolfe, Días sin pan, Sevilla, Renacimiento, 2007.
-Javier Almuzara, Constantes vitales, Madrid, Visor, 2004.
-Pelayo fueyo, Parábola del desertor, Madrid, Hiperión, 1997.
-José Luis Piquero, Monstruos perfectos, Sevilla, Renacimiento, 1997.
-Leopoldo Panero, Escrito a cada instante, Granada, Comares, 2007.
-Juan Luis Panero, Juegos para aplazar la muerte, Sevilla, Renacimiento, 1984.